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Artículo: Salud - MIEDO A VIVIR
Revista: Poder
Fecha de publicación:
27 de noviembre de 2004
Autor: Ximena Pascutti
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Ahogos, temblores, palpitaciones. Cómo detectar los síntomas que esconden fobias y disparan los ataques de pánico que afectan a diez millones de argentinos
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Cuenta la historia que al emperador Julio César le daba miedo la noche (un trastorno conocido como nictofobia), el rey Enrique III de Francia temía a los gatos (ailurofobia), y que a la reina Isabel I la aterrorizaban las flores. Las celebridades de nuestro tiempo no se quedan atrás: Woody Allen invierte fortunas en psicoanálisis para vencer su claustrofobia y la actriz Kim Basinger alterna etapas de depresión con episodios de agorafobia. Y hasta los autóctonos Leon Gieco, Carmen Barbieri y Ricardo Darín padecieron en carne propia angustiantes ataques de pánico. ¿Qué les pasa a los personajes famosos? Ciertamente lo mismo que a la gente común. Son presa fácil de los llamados Trastornos de Ansiedad (TA), un conjunto de enfermedades psicosociales que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) afecta a cerca de 400 millones de personas en el mundo. Y a unos 10 millones de argentinos.
ANTE EL ATAQUE INMINENTE de un animal salvaje, el organismo del hombre primitivo se preparaba para responder a la amenaza: los músculos se tensaban, su respiración se volvía rápida y poco profunda, desaparecía el hambre y el deseo sexual, el cerebro se colocaba en un estado de alerta máxima y los sentidos se agudizaban. Así, en situaciones límite, el cuerpo estaba listo para luchar o escapar. En las sociedades actuales, otros peligros ocupan ese lugar amenazante: conflictos en el trabajo, la pareja, y problemas sociales y globales como los secuestros, atentados y las guerras son algunos de los estímulos que el organismo recibe cotidianamente y a los que responde con los mecanismos ancestrales. "Nuestro equipamiento biológico para hacer frente a los problemas es el mismo que el del hombre prehistórico".
Palpitaciones, sudoración, miedo a morir, a desmayarse o a volverse loco son algunos de los síntomas más frecuentes en quienes han sufrido un ataque de pánico, el emergente común de los trastornos de ansiedad. A veces, también se sienten dolores de pecho, mareos, temblores, sensación de frío o calor, ahogos, náuseas y sensación de irrealidad.
"En el 15 por ciento de los casos, el atragantamiento es el síntoma principal. Comienzan con una sensación de nudo en la garganta, creen que se ahogan. Se asustan mucho y después no quieren volver a ingerir sólidos. Muchos llevan siempre unas pastillas mentoladas o una botellita con agua mineral, con las que tienen la sensación de que el aire circula", precisa el psicólogo Daniel Bogiaizian, director del Área Psicológica de la Asociación Ayuda. "La confusión es tal, que hay gente que cree tener un trastorno de la alimentación porque tiene miedo a comer", añade el experto.
Después del primer ataque, muchas personas desarrollan lo que en la jerga "psi" se denomina Trastorno de Pánico, caracterizado por un miedo excesivo a tener un nuevo episodio en algún lugar peligroso o donde la ayuda no esté disponible. El miedo a otro ataque -miedo al miedo- causa más ansiedad que el ataque mismo, por lo que estas personas organizan su vida alrededor del síntoma. Bogiaizian cita un caso: "Hace unos años tuvimos un paciente que se ganaba la vida repartiendo mercadería en almacenes con su camioneta. Los ataques de pánico lo afectaron tanto, que conservó sólamente los clientes que estaban de camino a algún hospital".
Las fobias específicas ocupan otro casillero importante entre los desórdenes de ansiedad. Se trata del temor extremo a un objeto o situación puntual, y quien lo padece puede sufrir un ataque de pánico si se expone a él. Los especialistas estiman que puede afectar, en algún momento de su vida, al diez por ciento de la población. Los potenciales enemigos: los perros, los gatos, las palomas, las cucarachas, los botones, las teclas. Hay personas que tienen fobia a volar en avión y otras a escuchar la palabra "sida".
En otras personas la ansiedad surge cuando deben hablar en público, con jefes o con personas desconocidas. Tímidos y callados, quienes sufren de ansiedad o fobia social tienen un miedo exagerado a ser evaluados por los demás. Se ruborizan, tartamudean y sienten que se les pone la mente en blanco. Al final, optan por encerrarse sobre sí mismos. El 70 por ciento de las veces, estos casos terminan en depresión. |
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| Otras veces, el estrés se manifiesta a través del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). "Cuando tenía 9 años hacía cosas que me resultaban difíciles de resistir: chequeaba las puertas de la casa antes de irme a la cama, si no no podía dormirme", cuenta Carlos, ex paciente de la Asociación Ayuda. "Después, esas cosas quedaron atrás, pero al poco tiempo aparecieron otras, como el miedo a contaminarme -dice Carlos-. Trataba de abrir las puertas con los pies o los codos. Si no podía evitarlo, después me lavaba las manos una y otra vez hasta sentir que estaba limpio. Con el tiempo todo empeoró. Sufría mucho si tocaban mis cosas y me ponía muy ansioso si tenía que usar el baño público.
TAMBIÉN ESTAN LOS QUE, día a día, se hacen problema por todo. Son quienes padecen el Trastorno por Ansiedad Generalizada, un mal que afecta aproximadamente al 8 por ciento de la población. "Son muy irritables, hipersensibles y siempre temen una catástrofe", dicen los expertos. María Fernanda sabe de qué se trata: "Vivía todo el día preocupada. Cuando alguien de mi familia tenía que alejarse de casa, los imaginaba accidentados o siendo víctimas de robo violento. Siempre encontraba un tema para hacerme problema". Desde hace un año está en tratamiento y dice que los primeros cambios positivos asomaron en los dos primeros meses. "Sólo era cuestión de pedir ayuda, pero no lo sabía", asegura.
Dentro de los cuadros de ansiedad, el más extremo es el Estrés Postraumático, que se dá en personas que protagonizaron accidentes, atentados, asaltos u otras situaciones con riesgo real de vida. Hace tres años el micro en el que viajaba Sandra volcó en la ruta. "De repente sentí un movimiento raro, como un tobogán y un ruido fuerte. Desperté con agua podrida hasta el cuello y gritos. El colectivo habia chocado y volcado", recuerda. "Desde ese día empecé a tener pensamientos trágicos. No quería quedarme sola, evitaba los autos. Con el tiempo comencé a cerrar las persianas y hasta me daba miedo ir al baño de noche. Si tenía que viajar por una autopista, sentía que me faltaba el aire, que me iba a morir. A los dos años de quel choque pedía ayuda, no podía seguir viviendo así".
LAS PRIMERAS SEÑALES de recuperación de trastornos de ansiedad se experimentan a los dos o tres meses de tratamiento, donde se combinan psicoterapias (muchas veces grupales) con medicación psiquiátrica. Pero, víctimas de la falta de información, son muy pocos los que saben donde consultar.
Sondeos privados señalan que cerca del 32 por ciento de los afectados se atiende en servicios de cardiología por presentar hipertensión arterial o taquicardia; el 19 por ciento se trata con gastroenterólogos; el 9 por ciento acude al médico por trastornos respiratorios y un 8 por ciento, por problemas en la piel. El resto se divide en ginecología, urología y otras áreas. Por eso hay personas que pasan 20 o 30 años de su vida en un estado de parálisis emocional con total dependencia de un familiar o un amigo. La angustia las devora, aunque la cura esté muy cerca.
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